El día que nace un niño siempre ocurre que el primer encuentro entre madre e hijo es la fijación de ambos rostros. Es un momento mágico en el que se presentan uno al otro y se dicen solo con la mirada: Hola este soy yo!
Obviamente, para la madre, padre y otros familiares este momento de la llegada del bebé es una expectativa. Se preguntan todos de manera natural, ¿cómo será?, ¿a quién se parecerá?. Y la respuesta es un deseo de que esté sano en primer lugar y que sea hermoso en segundo o tercer lugar.
Hay una imagen ideal en la mente de la madre y los demás que esperan al bebé. Pero nunca se está preparado para esperar a un bebé con deformaciones.

A continuación veremos la historia de un bebé que fue abandonado por nacer con cara “fea” y piernas deformes. Se trata de Robert Hoge, quien ahora tiene 46 años. En tiempos de su nacimiento no se podía detectar las deformidades dentro del vientre materno, así que él nació con ciertas deformidades que afectaban a su rostro y su cuerpo, lo que significó para su madre un «horror» y decidió deshacerse de él.
Mary, era el nombre de la madre, no quiso llevar al bebé a casa porque este no era el bebé que quería como hijo. Sin embargo, su familia decidió ocuparse de él.
Le llevaron a especialista y durante algún tiempo fue sometido a varias cirugías, entre ellas le extirparon un tumor facial y le amputaron las piernas para poder colocarle las prótesis. Cuando fue creciendo y estuvo en la escuela, los niños le hacían preguntas sobre su aspecto y Robert respondía con aplomo: «Nací de esa manera».
Siempre se sintió seguro de sí mismo a pesar de su condición física. A los 14 años llevaba 24 cirugías realizadas y dijo que no continuaran operándolo, pues sus ojos corrían riesgo de no ver más.
Hoy día Robert es orador motivacional, se ha desempeñado como asesor político del ex primer ministro de Queensland y del primer ministro adjunto. Sus experiencias en la vida hasta este momento han servido como motivación para un libro que se lanzó en 2013 titulado Ugly, que detalla sus diversas luchas en la vida.
Robert no dejó que su apariencia fuera un obstáculo y siempre estuvo luchando por los que creían que sí lo era. A los 30 años, se casó y se convirtió en padre de dos hijas.
Con esta actitud y la misión que ha tomado, enseña a la humanidad a que nada puede ser desechado por feo, menos un ser humano, pues la apariencia física no lo es todo. Lo más importante es el corazón y la sensibilidad.
